La cajera

Se había fijado en ella ya en otra ocasión, tendría unos 20 años o quizá alguno menos. Mientras la observaba desde la distancia, se cruzaron las miradas; la muchacha movió los labios como si quisiera decirle algo, algo que él no supo interpretar, pero que sí quería llamar su atención. No hizo caso y apartó la mirada, como si la chica le hubiese sorprendido en sus pensamientos. 

 

Se la volvió a encontrar al cabo de un tiempo en el mismo lugar, esta vez la examino más detenidamente sin ser visto. Era de tez morena, muy morena, quizá de raza gitana, agraciada de cara y unos enormes ojos marrones que resaltaban como un destello en contraste con el color de su piel. Llevaba un pañuelo anudado a la cabeza, donde sobresalía un pelo negro azabache. Estaba sentada en la acera, sobre unos almohadones viejos para aislarse del cemento frío del suelo, era enero. Su ropa, usada y vieja; sus zapatos cuarteados, como si fuesen heredados de algún familiar o de segunda mano. Se dedicaba a pedir limosna en la calle; eso era lo que le quiso decir la vez anterior con una media sonrisa: “ayúdeme” .  

 

El hombre se acercó hasta donde estaba sentada. Al llegar junto a ella, con una mirada implorante que se notaba ensayada, la muchacha le acercó el recipiente donde depositaba las monedas que le daban, escasas en ese momento; o quizá, pensó él, se guardaba algunas pretendiendo dar más lastima a la gente. Un pobre tiene que dar la imagen de pobre para concitar la caridad ajena; si la apariencia de lo recaudado es mayor, genera el efecto contrario : la repulsa.  

 

Has comido?  le preguntó 

 

-Todavía no señor, contestó la chiquilla un tanto desconcertada, depositando el cuenco de las monedas de nuevo en el suelo. 

 

-Como te llamas? 

 

- Sigrid 

 

-Pues ven conmigo Sigrid y comes algo ahí, dijo él señalando un bar que había enfrente. 

 

-No puedo señor, no puedo irme de aquí hasta que venga alguien de mi familia a buscarme. 

 

-No puedes ni unos minutos? 

 

-No, señor, lo tengo prohibido. 

 

Perplejo pero sin querer forzar la situación pues algunos curiosos les estaban mirando, se marchó y al cabo de un rato apareció con una bolsa de comida que entregó a la muchacha junto a unas monedas. 

 

-Muchas gracias señor, Dios se lo pague. Su agradecimiento y su rostro parecían ahora mucho más sinceros. 

 

Le siguió con la mirada hasta que el hombre dobló la esquina, entonces abrió la bolsa que le había entregado. Junto a la comida había una nota con un número de teléfono que decía: “llama a los Servicios Sociales, te ayudarán”. Perpleja, releyó el papel despacio varias veces, como si no entendiese bien lo que quería decir.  

 

Tiempo después. 

 

El hombre se dirigió a la caja y Fue depositando los productos de la cesta que había adquirido en el supermercado del barrio, lo habían abierto hace unos meses y el trato de su personal se distinguía por su amabilidad. 

 

Cuando totalizó la compra, la cajera le dio el importe; él saco la billetera para pagar, y al levantar la vista mientras le  entregaba el dinero la reconoció, aunque habían pasado casi tres años. Su sonrisa, sus ojos no admitían dudas 

 

-Eres Sigrid, verdad? 

 

-Sí, cómo lo ha adivinado? contestó con desparpajo la cajera. 

 

-No lo he adivinado, te conozco. 

 

Ella le miró extrañada intentando recordar… 

 

-Te acuerdas de la esquina donde solías ponerte? Le preguntó bajando la voz para no ser oído; un día te llevé comida con una nota dentro….. 

 

-¡Es usted ¡ dijo ella con los ojos humedecidos y la voz quebrada. 

 

-Lo soy, lo soy. 

 

-Me he acordado muchas veces de Vd, respondió emocionada.  – Al final, le hice caso y llamé a aquel teléfono. 

 

- Lo sé. Antes de jubilarme trabajaba en el área de empleo de los SSociales, y fui yo quien autorizó tu expediente para acceder a la bolsa de trabajo del Departamento.