Habían vuelto a discutir airadamente, una vez más por un tema intrascendente que les llevó a perder las formas como era habitual cuando se enredaban en malas respuestas que derivaban en reproches y finalmente en insultos a voz en grito. Entonces el motivo pasaba a un segundo plano y la discusión se convertía por sí misma en el epicentro de todos los males, donde ambos mostraban su peor versión. No había lugar para la calma en esos momentos de explosión, sólo dejarlo enfriar.
A lo largo del tiempo, estas discusiones se habían producido con cierta regularidad, sobre todo en los últimos años cuando la costumbre había erosionado la frescura en la relación. Pero se habían superado dejándolas estar y asumiendo su periodicidad como un mal menor, donde los efectos se diluían por el transcurrir del tiempo que seca las heridas, como el riachuelo que se seca en verano hasta las siguientes lluvias. El problema es que en esta ocasión, se habían encadenado en pocos días varias tormentas, no dando tiempo a paliar los efectos de las anteriores.
Tras cesar el cruce de improperios, ella mirándole fijamente le dijo -Quiero separarme, no aguanto más tus reacciones. Y sin solución de continuidad, prosiguió: -La gente me dice qué por qué sigo contigo…. El nunca supo si eso de que “la gente dice que por qué sigo contigo” repetido en otras ocasiones, era verdad o se servía de ello para apuntalar su decisión. Pero lo cierto es que al cabo de unos minutos volvió a la carga: -Necesito estar sola y pensar qué voy a hacer con mi vida.
-Lo entiendo, yo también necesito pasar unos días lejos, respondió él, intentando disimular el mazazo que las palabras de su esposa le habían supuesto por el aplomo y convencimiento con que las dijo; en su fuero interno confiaba en que, como había sucedido otras ocasiones, el enojo se pasaría en unas horas y tras la tempestad vendría la calma. No concebía que una relación como la que ellos tenían se desmoronase por una cuestión de forma mas que de fondo, aunque recordaba ahora un texto que había leído hace un tiempo, en donde refiriéndose a las relaciones humanas concluía que las diferencias sobre el fondo pueden llegar a ser salvables, pero las de la forma difícilmente.
Se querían, se admiraban mutuamente, habían superado no pocas adversidades juntos y además ninguno de los dos era mala gente. Sin embargo al día siguiente, ella siguió en sus trece de separarse por un tiempo, y a él no le quedó otra que asumirlo con mayor dosis de zozobra si cabe, pues ahora no estaban bajo los efectos del acaloramiento del día anterior. Lo que sumaba un riesgo incierto a la decisión.
Convinieron alejarse unos días a modo de penitencia y a la vez remanso de paz para ambos. Mirarse desde la lejanía y comprobar qué significaban el uno para el otro tras todos estos años de convivencia y los buenos y los no tan buenos momentos juntos; en realidad, qué era lo que quedaba entre ellos.
Se dieron un plazo indeterminado de estar separados, ni corto ni largo, lo suficiente para que la distancia les acercase y pudieran echarse de menos, valorarse de verdad; o todo lo contrario, comprobar si estaban mejor solos.
La mañana del día convenido para la marcha, él partió en coche hacia el norte donde había reservado una habitación en una casa rural. Dosis de Naturaleza contra la confusión existencial.
Por ambos lados se sucedieron unos primeros días de emociones encontradas, turnándose el desaire y la añoranza en sus pensamientos como la doble cara de una misma moneda, abriéndose con el paso de las horas un sentimiento de ausencia y necesidad el uno del otro, de reconocer sus errores e intentar enmendarlos, de no desgastarse en enfrentamientos tan dañinos como fatuos.
Tenían por delante una nueva oportunidad que esta pequeña separación les había proporcionado, como si de pronto la luz de la verdad y la comprensión despejase sus dudas y temores en un nuevo futuro juntos.
Tras varios dias de ausencia, él decidió anticipar su vuelta. Apenas se habían comunicado desde su despedida, pero tenía el convencimiento de que se querían y se necesitaban sin tener que volver a recurrir a separaciones dolorosas para convencerse.
Llegado el día del reencuentro, solo unos cientos de km les separaban para materializar sus sentimientos renovados. Era la hora de la siesta cuando el teléfono la despertó. -Sí, dígame.. -Buenas tardes,señora, le llamamos de la policía de Tráfico, lamentamos comunicarle…
Esa frase fue el epitafio de su amor y de una separación que pasaría a ser definitiva.